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La Vitalidad es el presente. Todo está en la vida y es la vida, los cuerpos mueren pero la vida continúa, es eterna. Siempre se está en medio de la vida y la vida en medio de nosotros. Nos atravisa para llegar a otros, así como atravesó a otros, para llegar hasta nosotros. La vida es incontrolable, poderosa, inalienable, misteriosa, creativa. La vida es salvaje: es el amor.



domingo, 13 de marzo de 2011

LOS MISTERIOS DE JUAN RULFO

La obra de Juan Rulfo es un momento y un espacio fundamental de la cultura mexicana y latinoamericana, es como una especie de sueño con los ojos abiertos, como un momento de visión, como el oráculo de estos pueblos. En su obra Rulfo habla con la voz auténtica de los pueblos americanos, o para decirlo mejor, como si fuera un poseso, los pueblos americanos hablan a través de la obra de Rulfo, de sus vidas, sus dolores, sus sueños, sus sentimientos y sus desgracias de una manera tan extraña, tan enigmática y misteriosa como sublime son las imágenes de las que rebosan sus relatos, hojas y flores innumerables de un  bosque misterioso. Pues como dice Heriberto Yépez, Rulfo es un poeta y no uno de tantos ni de los mejores, es el más grande, y las pruebas son cada una de esas trescientas páginas que integran la totalidad de su obra (una novela breve y dieciséis cuentos) y donde no sobra ni una sola palabra, al contrario, trescientas páginas que comprenden miles de palabras, imágenes y pensamientos más que los que ahí están dichos, lo que nos deja ver Rulfo en su complejidad y su misterio apenas es como dicen los críticos profesionales la punta de un iceberg que se sostiene sobre uno o muchos mundos completamente increíbles, sus palabras son el claro de un bosque apenas alumbrado por la pálida luz de la luna, sus páginas están hechas de sombras.                    

Cuando se trataba de averiguar para entender el prodigio, de dónde sacó Rulfo su lenguaje, sus expresiones, sus personajes, la vida que amasó como palabras para convertirla en los más grandiosos relatos escritos en estas tierras, las respuestas eran más preguntas y confusión, que él mismo alimentaba, se averiguaban los episodios de una leyenda o de un relato fantástico que no pocas veces entraban en contradicción unos con otros. Así se ha identificado más de una vez el lugar "verdadero" de su nacimiento en varios pueblos de Guadalajara y Guanajuato; se ha explorado una infancia atroz llena de muertes que empiezan a contarse a partir de la del padre cuando él tenía seis años, y es seguida, casi inmediatamente por la de su madre y lo hacen terminar en un orfelinato jesuita; se han buscado los pueblos fantasmas de Comala y La Media Luna y a sus habitantes fantasmas; se ha rastreado la historia de su familia, donde se habla de tíos abuelos incestuosos, de un abuelo y un padre hacendados, este último muerto como su personaje "Pedro Páramo" en manos de un peón ebrio. Y, por último, se han barajado los testimonios del propio Rulfo quien hacía del laconismo, la mentira y el humor negro una forma de literatura ha decir de Arreola.

Y es que son tan prodigiosos los retratos y estampas de la época que él nos hace, una imagen sin impostura de la barbarie que era el México posrevolucionario y cristero, que acostumbró a un niño a ver cadáveres colgados y secos en los caminos, pero también, de la belleza del mundo y la vida del pueblo, que no pueden sino provocar la incredulidad y la curiosidad, que llevaron a muchos a negarle la autoría de sus relatos, sobre todo de su novela Pedro Páramo, pues su estructura narrativa se asemejaba a los grados de experimentación y creación de los novelistas más celebres de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y de los futuros guiones cinematográficos, algo inimaginable para un aficionado y perfecto desconocido como era Rulfo, quien empezó a escribir como empezó a leer, en un anonimato y un vernaculismo apabullante. Lo que era un prodigio incomprensible para ese tiempo y para el que sea, pues como nos dice Susan Sontag en relación con Rulfo, es muy raro que un escritor publique sus primeros textos pasados los cuarenta años, es muy raro que esos primeros textos lo lleven a la celebridad y sean los mejores libros de su vida, y todavía más raro, que después de eso deje de escribir autocondenándose al silencio. 

Decía el mismo Rulfo que empezó a leer todos los libros del index a los diez años en la biblioteca que dejó en la casa donde vivía  un sacerdote que se unió a la guerra cristera, y a partir de ese momento, todo lo que caía en sus manos, hasta que como trabajador de los archivos de migración continuaba con su hábito con la crónica e historia mexicana, y con sus primeros escritos, que realizaba como un secreto y a escondidas hasta que fue descubierto literalmente por un compañero de trabajo y crítico, Efrén Hernández quien rescató muchos de sus textos de la destrucción dándolo a conocer, pues a Rulfo le daba por destruir lo que escribía desde esa época y para toda su vida, haciéndose en torno suyo una leyenda oscura de escritor frustado que quizá ya no podía escribir o el de una personalidad abrumada por el peso insuperable de su propia obra, lo cierto es que no publicó más y que desde los textos de El llano en llamas Rulfo practicaba la piromanía con sus textos, y que gracias a Efrén Hernández se pudieron rescatar de la nada esos cuentos maravillosos, lo que no sucedió con una novela que Rulfo escribía en ese momento El hijo del desaliento que Hernández hizo llegar a la imprenta y después el propio Rulfo a cambio de un cuento "rescató" para destinarla al fuego, pero que no pudo evitar la circulación de unos fragmentos que después se filmaron como una película llamada "Un pedazo de noche"; la destrucción de gran parte de Pedro Páramo originalmente llamada Los murmullos, Rulfo dice que aproximadamente dos terceras partes que le dieron ese aspecto extraordinario de fragmentos unidos por silencios e hilos sueltos; la destrucción de otra novela posterior a Pedro Páramo, titulada Días sin Floresta, que Rulfo escribe durante un proceso de desintoxicación de alcohol en la clínica La Floresta pero que a su consideración nunca cuajó; la destrucción de gran parte de otra novela El gallero en la adaptación para la película El gallo de oro; y por último, la célebre novela La cordillera que el Fondo de Cultura Económica llegó a anunciar en sus catálogos, y que Rulfo mencionó durante aproximadamente veinte años, y se supondría habría destruido también sin haberla mostrado nunca a nadie.

Así, después de haber escrito dos libros fulgurantes Rulfo se autorrecluye en el silencio, respondiendo cuando se insistía en el asunto que ya no tenía nada que decir, dedicándose el resto de su vida a ser editor de los textos del Centro Cultural Indigenista, como si pusiera toda su capacidad y genio al servicio del rescate del patrimonio cultural indígena. Así, él, el más grande es también el más humilde y el más conciente de los verdaderos problemas de la realidad mexicana, ofrendando el talento de sus palabras a eso que es denostado e incomprendido por la “alta cultura” nacional, la palabra y el mundo indígena, la vida del pueblo verdadero y las palabras de las vidas sojuzgadas, incomprendidas y ensombrecidas, aquellas voces que hablan y deslumbran a través de las páginas de sombra de Rulfo.

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